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Soberano glifosato (Teatro del Hambre)

Este relato se incluyó en el libro “Acercando orillas”, publicado por la Casa de las culturas de Zaragoza en 2011

Prólogo

    Los sucesos narrados en este relato acontecen en la provincia de Sucumbíos (Amazonía ecuatoriana), siendo sus personajes ficticios. Sin embargo, en lo que se cuenta, cualquier parecido con la realidad es totalmente verídico. El título del relato hace referencia al herbicida glifosato y al concepto de soberanía alimentaria, que es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sustentable y ecológica, y el derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo.

     Por su parte, el glifosato es un herbicida desarrollado para la eliminación de hierbas y de arbustos, en especial los perennes. Es el principio activo del herbicida Roundup, nombre comercial producido por Monsanto en la soja transgénica, el cual confiere resistencia al glifosato. También existen actualmente muchos otros tipos de cultivo transgénicos resistentes al glifosato como maíz, algodón, canola, etc.

     El glifosato es uno de los herbicidas usados por el gobierno de Estados Unidos para fumigar campos de cultivo de coca ilegal en el Plan Colombia. Sus efectos sobre la salud humana, el ambiente, los cultivos legales y la efectividad en el combate de EE. UU. en la guerra contra las drogas están ampliamente discutidos.

     Sin embargo, lo cierto es que en dos ocasiones la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos ha encontrado científicos falsificando deliberadamente los resultados de las pruebas realizadas en los laboratorios de investigación contratados por Monsanto para estudiar sus efectos. En el primer incidente, que involucró a Industry Biotest Laboratories, un revisor de la EPA declaró después de la investigación sobre «falsificación de datos de rutina» que era «difícil de creer la integridad científica de los estudios cuando se dice que tomaron muestras de los ÚTEROS de CONEJOS MACHOS».

Introducción

      Sucumbíos es una provincia limítrofe con Colombia y Perú, de creación muy reciente. A pesar de ello, estuvo habitada desde siempre por pueblos indígenas que vivían en perfecto equilibrio con el medio natural: Kichwa, Cofán, Shuar, Siona y Secoya.

      La provincia está plagada de proyectos de desarrollo. Su capital, Lago Agrio, lo es en sí misma. También conocida como Nueva Loja, esta ciudad fue fundada por colonos venidos mayoritariamente de la ciudad de Loja, al sur de Ecuador, a partir del descubrimiento del petróleo en los años 60. Esta colonización fue apoyada por el gobierno ecuatoriano a través del IERAC (Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización), con el objetivo de crear fronteras vivas y dar servicios a las compañías petroleras y a los trabajadores que iban llegando. Pero dicha colonización se realizó sin ninguna planificación, los campesinos recién llegados apenas tenían formación agropecuaria y la tierra amazónica era muy difícil de cultivar. Por este motivo, los campesinos han ido talando sus fincas, en ocasiones hasta un 50 % de sus propiedades. En la frontera con Colombia, este problema se agrava, debido a las fumigaciones con glifosato del Plan Colombia que arrasan los cultivos y producen daños a la salud de las personas y los animales.

      Es importante aclarar que estas tierras pertenecían antiguamente a los pueblos indígenas, pero estos no poseían títulos de propiedad, así que se vieron forzados a luchar por unos territorios que siempre habían sido suyos. Se podría decir que los
pueblos indígenas han sido los auténticos mantenedores de la biodiversidad de la selva, bajo un principio fundamental: “la tierra no es de nosotros, nosotros pertenecemos a la tierra”. Este principio se ajusta al concepto del “Buen vivir” (“Sumak kawsay” en lengua Kichwa), adoptado por la Constitución ecuatoriana de 2008 como parte fundamental en el objetivo constitucional de conceder Derechos a la Naturaleza. Unos Derechos cada vez más urgentes.


                                                                                   Soberano glifosato (Teatro del Hambre)

(Se abre el telón. En una finca amazónica, cuatro hombres de diferente aspecto y procedencia están debatiendo acerca de un tema que parece importante)

EDWIN: aquí se usa lo que llaman mata…mata…

CARLOS: ¿Matamaleza?

EDWIN: ¡Matamaleza!

CARLOS: es el glifosato, aquí los campesinos lo llaman matamaleza. Pero nadie sabe realmente lo que es…

ANDRÉS: ¿nadie sabe lo qué es?

RAFAEL: ¡¡nadie sabe qué diablos es eso!!

CARLOS: el glifosato es una sal. Pero lo que usan aquí no es solamente glifosato…

     Andrés se quedó pensativo, cámara en mano. Las conversaciones en el Oriente ecuatoriano siempre tenían algo de misterioso, envueltas en una especie de Realismo Mágico. Le recordaban al Macondo del gran Gabo en “Cien años de soledad”. Tal vez fuera una más de esas leyendas que circulan de boca en boca, en Sucumbíos aquello era muy común y ya había escuchado historias de lo más pintoresco. Una de ellas relataba como un gringo, un indio y un negro estaban secuestrando niños en Lago Agrio para sacarles los ojos y como después esos niños aparecían en el depósito de cadáveres, con las cuencas vacías y los bolsillos llenos de dinero. ¡Qué secuestradores tan amables!, ¿no?

      Más tarde, la propia Naturaleza del ser humano se encargaría de difundir el rumor, hasta el punto de salpicar al más insospechado: él mismo. En una de las visitas a la finca de un campesino del Proyecto, al Ingeniero Carlos se le ocurrió la “genial” idea de presentar al pasante Andrés como el “gringo sacaojos”. ¡Una bromita más del “ingenioso” ingeniero! Andrés aún recordaba la cara de terror de los niños de la finca al ver al “camarógrafo”, otro de los sobrenombres que le habían puesto.

      Pero esta vez era distinto, aunque sólo habían pasado 9 meses de aquello. Andrés, después de su pasantía de 3 meses en Sudamérica, becado por la Universidad de Zaragoza, había vuelto a Aragón, donde tuvo tiempo de valorar y recapitular acerca de aquella sociedad. Comunidad de comunidades, dicha sociedad tiene rasgos propios que la definen como tal, pero siempre está la idiosincrasia del ser humano, algo que caracteriza a cualquier homo sapiens del mundo que él había conocido hasta el momento: la capacidad de imaginar y, por añadidura, la tendencia a dejarse llevar por la imaginación. Así, cientos de miles de imaginaciones juntas formaban un imaginario colectivo capaz de crear historias tan curiosas como la del “gringo sacaojos”. Desde Sudamérica, Andrés tenía la capacidad de discernir lo que pasaba en Europa y desde Europa analizaba críticamente lo sucedido en Sudamérica. Siempre desde lejos, observando el global. Más tarde aprendería a hacer lo mismo “in situ”, sin necesidad de distancia.

      Y allí, en la finca “Jesús del Gran Poder”, propiedad de Don Edwin Chicaiza, Andrés ya poseía los conocimientos necesarios como para saber que era aquello que llamaban “matamaleza”. Había vuelto a Ecuador 6 meses después, esta vez contratado por el Proyecto. Aparte de las labores administrativas, Andrés se había propuesto bucear a fondo en las problemáticas de aquella parte del mundo. Se encontraban en la línea equinoccial, a 0º de latitud. El, que siempre había vivido en el 0º meridional, unos miles de kilómetros más abajo de Greenwich, siempre buscando el equilibrio, ya en sentido transversal, ya en sentido longitudinal, siempre en la mitad del mundo.

      Durante la época de pasante fue, en general, bien enseñado por el Ingeniero Carlos, con quien solía bromear: “¡profesorrrrrrr!” se decían ambos en tono jocoso. El bueno de Carlos, que borracheras se cogía, era un tipo listo, bastante vivo, a veces algo liante. Andrés aprendió de él en todos los sentidos y seguramente le entendía más que nadie, sobre todo cuando se auto expulsó del partido acudiendo en estado de embriaguez a la minga1 mensual que el Proyecto organizaba. Todos sabían que Carlos llevaba bastante tiempo fuera de juego. Tenía otras preocupaciones…
Así es que Carlos, en su últimos coletazos, en lo que en la NBA llaman los “minutos de la basura”, satisfacía la necesidad de información de Andrés, como dándole el testigo para que representara el papel de espíritu crítico que hacía falta en el Proyecto. Sin duda, el papel menos grato y tal vez el más necesario. El “camarógrafo” había experimentado en sus carnes, durante años, la lenta pero constante consumición interna producto de la desinformación y las luchas intrafamiliares e intracomunitarias. En el fondo, ver que en el mundo sucedían cosas injustas en un valor elevado a infinito, ayudaba a Andrés a sentirse un poco más normal. Tácitamente recogió el testigo de Carlos, esta vez le tocaba ser “el malo”.

ANDRES: ¿el glifosato es un herbicida entonces?

CARLOS: mira Andrés, las cosas no siempre son lo que parecen. Aquí se fumiga sin miramiento, no sabemos con qué, pero para mí está claro que los gringos están experimentando con sustancias nuevas

ANDRES: ¿tienes pruebas?

RAFAEL: ¿para qué quieres pruebas? ¡Ya te lo estoy contando yo!

      Rafael era el nuevo Director del Proyecto. Pertenecía a la Misión, aunque no era Padrecito, al contrario, pues recién había sido papá de una criatura. Pero su espíritu sí que era de misionero, en todos los aspectos. Siempre muy paciente y muy correcto, respondía en parte al prototipo de carácter serrano del sur de Ecuador, de donde el provenía. Pensamiento circular, esperando los tiempos necesarios para que los procesos se llevaran a cabo…esto era algo que Andrés, con su mentalidad europea, no entendía. Le habría gustado entenderlo, pero trabajar como expatriado en Sudamérica con plazos europeos no era fácil de llevar. A fin de cuentas, las financieras que ponían plata2 para el Proyecto eran del Viejo Mundo, y eran ellas las que marcaban las pautas. Hacer entender esto a la gente del Proyecto no era fácil.

      Tampoco ellos entendían muy bien la inquietud de Andrés por resolver las cuestiones relativas al seguro social, pensando en el retorno futuro a España, pero era evidente que al “camarógrafo” le inquietaba la vuelta, tener un lugar donde aterrizar y readaptarse al mundo occidental.

ANDRES: a mí me gustaría poder contar en Europa lo que pasa aquí. Pienso que la sensibilización es fundamental

RAFAEL: si yo te entiendo. Entiéndeme a mí cuando te cuento que lucho por mi pueblo

ANDRES: en el fondo luchamos por lo mismo, aunque desde diferentes frentes

CARLOS: ¡Oigan, Licenciados, dejen de platicar3 y vamos a ver los chanchos!4

EDWIN: siga no mas5, yo les llevo

(Comienzan a caminar por la finca en dirección a la chanchera…)

      Andrés se quedó pensativo, cámara en mano. Las conversaciones en el Oriente ecuatoriano siempre tenían algo de misterioso, envueltas en una especie de Realismo Mágico. Le recordaban al Macondo del gran Gabo en “Cien años de soledad”. Tal vez fuera una más de esas leyendas que circulan de boca en boca, en Sucumbíos aquello era muy común y ya había escuchado historias de lo más pintoresco. Una de ellas relataba como un gringo, un indio y un negro estaban secuestrando niños en Lago Agrio para sacarles los ojos y como después esos niños aparecían en el depósito de cadáveres, con las cuencas vacías y los bolsillos llenos de dinero. ¡Qué secuestradores tan amables!, ¿no?, pensaba Andrés para sus adentros.

      Más tarde, la propia Naturaleza del ser humano se encargaría de difundir el rumor, hasta el punto de salpicar al más insospechado: él mismo. En una de las visitas a la finca de un campesino del Proyecto, al Ingeniero Carlos se le ocurrió la “genial” idea de presentar al pasante Andrés como el “gringo sacaojos”. ¡Una bromita más del “ingenioso” ingeniero! Andrés aún recordaba la cara de terror de los niños de la finca al ver al “camarógrafo”, otro de los sobrenombres que le habían puesto.

     Pero esta vez era distinto, aunque sólo habían pasado 9 meses de aquello. Andrés, después de su pasantía de 3 meses en Sudamérica, había vuelto a España, donde tuvo tiempo de valorar y recapitular acerca de aquella sociedad. Comunidad de comunidades, dicha sociedad tiene rasgos propios que la definen como tal, pero siempre está la idiosincrasia del ser humano, algo que caracteriza a cualquier homo sapiens del mundo que él había conocido hasta el momento: la capacidad de imaginar y, por añadidura, la tendencia a dejarse llevar por la imaginación. Así, cientos de miles de imaginaciones juntas formaban un imaginario colectivo capaz de crear historias tan curiosas como la del “gringo sacaojos”. Desde Sudamérica, Andrés tenía la capacidad de discernir lo que pasaba en Europa y desde Europa analizaba críticamente lo sucedido en Sudamérica. Siempre desde lejos, observando el global. Más tarde aprendería a hacer lo mismo “in situ”, sin necesidad de distancia.

      Y allí, en la finca “Jesús del Gran Poder”, propiedad de Don Edwin Chicaiza, Andrés ya poseía los conocimientos necesarios como para saber qué era aquello que los campesinos llamaban “matamaleza”. Había vuelto a Ecuador 6 meses después, esta vez contratado por el Proyecto. Aparte de las labores administrativas, Andrés se había propuesto bucear a fondo en las problemáticas de aquella parte del mundo. Se encontraban en la línea equinoccial, a 0º de latitud. Él, que siempre había vivido en el 0º meridional, unos miles de kilómetros más abajo de Greenwich, siempre buscando el equilibrio, ya en sentido transversal, ya en sentido longitudinal, siempre en la mitad del mundo…o en mitad de la Nada.

      Sucedía igual en la capital, en Quito, donde se halla esa especie de parque temático llamado La mitad del mundo, bautizado así por encontrarse geográficamente en la línea ecuatorial, hecho conmemorado con un absurdo monumento. Esta sensación de estar en mitad de la Nada se producía  porque pocos sabían que la auténtica mitad del mundo se hallaba a algo más de 300 metros del monumento, en el monte Catequilla, lugar sagrado para los indígenas del lugar que durante siglos observaron las estrellas hasta determinar que ese era el lugar exacto en el que confluían los dos hemisferios terrestres. Curiosamente, este monte se ha convertido en una cantera para extracción de piedra. Pero esto, evidentemente, es otra historia.

       Durante la época de pasante, Andrés fue, en general, bien enseñado por el Ingeniero Carlos, con quien solía bromear: “¡profesorrrrrrr!” se decían ambos en tono jocoso. El bueno de Carlos, qué borracheras se cogía. Era un tipo listo, bastante vivo, a veces algo liante. Andrés aprendió de él en todos los sentidos y seguramente le entendía más que nadie, sobre todo cuando se autoexpulsó del partido acudiendo en estado de embriaguez a la minga1 mensual que el Proyecto organizaba. Todos sabían que Carlos llevaba bastante tiempo fuera de juego. Tenía otras preocupaciones…

      Así es que Carlos, en sus últimos coletazos, en lo que en la NBA llaman los “minutos de la basura”, satisfacía la necesidad de información de Andrés, como dándole el testigo para que representara el papel de espíritu crítico que hacía falta en el Proyecto. Sin duda, el papel menos grato y tal vez el más necesario. El “camarógrafo” había experimentado en sus carnes, durante años, la lenta pero constante consumición interna producto de la desinformación y las luchas intrafamiliares e intracomunitarias. En el fondo, ver que en el mundo sucedían cosas injustas en un valor elevado a infinito, ayudaba a Andrés a sentirse un poco más normal. Tácitamente recogió el testigo de Carlos, esta vez le tocaba ser “el malo”.

 ANDRES: ¿el glifosato es un herbicida entonces?

CARLOS: mira Andrés, las cosas no siempre son lo que parecen. Aquí se fumiga sin miramiento, no sabemos con qué, pero para mí está claro que los gringos están experimentando con sustancias nuevas.

ANDRES: ¿tienes pruebas?

RAFAEL: ¿para qué quieres pruebas? ¡Ya te lo estoy contando yo!

      Rafael era el nuevo Director del Proyecto. Pertenecía a la Misión, aunque no era Padrecito, al contrario, pues recién había sido papá de una criatura. Pero su espíritu sí que era de misionero, en todos los aspectos. Siempre muy paciente y muy correcto, respondía en parte al prototipo de carácter serrano del sur de Ecuador, de donde él provenía. Pensamiento circular, esperando los tiempos necesarios para que los procesos se llevaran a cabo…esto era algo que Andrés, con su mentalidad europea, no entendía. Le habría gustado entenderlo, pero trabajar como expatriado en Sudamérica con plazos europeos no era fácil de llevar. A fin de cuentas, las financieras que ponían plata2 para el Proyecto eran del Viejo Mundo, y eran ellas las que marcaban las pautas. Hacer entender esto a la gente del Proyecto no era fácil.

      Tampoco ellos entendían muy bien la inquietud de Andrés por resolver las cuestiones relativas al seguro social, pensando en el retorno futuro a España, pero era evidente que al “camarógrafo” le inquietaba la vuelta, tener un lugar donde aterrizar y readaptarse al mundo occidental.

ANDRES: a mí me gustaría poder contar en mi tierra lo que pasa aquí. Pienso que la sensibilización es fundamental.

RAFAEL: si yo te entiendo. Entiéndeme a mí cuando te cuento que lucho por mi pueblo.

ANDRES: en el fondo luchamos por lo mismo, aunque desde diferentes frentes.

CARLOS: ¡Oigan, Licenciados, dejen de platicar 3 y vamos a ver los chanchos4!

EDWIN: siga no más5, yo les llevo.

 (Comienzan a caminar por la finca en dirección a la chanchera…)

      Andrés observaba, con tristeza, las huellas de la deforestación. 40 años antes habían comenzado a llegar a aquella zona los colonos, procedentes fundamentalmente de Loja, al sur del país. Por eso, la nueva ciudad se llamó Nueva Loja, aunque todo el mundo la conocía como Lago Agrio, traducción de Salk Lake, como la habían llamado los petroleros gringos de la Texaco, provenientes de Salt Lake (Lago Salado), capital de Utah, al ver las tierras pantanosas plagadas de mosquitos que caracterizaban a aquel lugar. La colonización, “necesaria” para dar servicio a los petroleros, no había tenido ningún orden, cada campesino se quedó con 50 hectáreas y, para certificar que eran suyas, debían cultivar cinco….200000 hectáreas deforestadas nada más llegar, ya que fueron 40000 los colonos iniciales. Después la deforestación fue mucho más intensa…

       Por otro lado, la construcción de caminos, en la que se utilizaban árboles para empalizar6, depositándose uno detrás de otro. De este modo, a una media de 20 cm de grosor por cada árbol talado, para hacer 200 km de carretera se habrían talado un millón de árboles. Teniendo en cuenta, después, que a los tres años, ya fuera por la fragilidad de la tierra o porque el campesino no cuenta con los medios y la formación necesaria para cultivarla adecuadamente, se volvía a repetir el proceso de tala de bosque para cultivar y/o para vender la madera. El resultado actualmente era que cada finca había sido deforestada a un 50 %… y el proceso continúa hoy en día…

(Cada loco con su tema, cada personaje hablando como para sus adentros…)

EDWIN: 6 de la mañana me levanto temprano a dar de comer a los poooollos, a las galliiiinaaas…

ANDRES: ¿todos los días?

EDWIN: todititos todos, ¿cómo si no iba a hacer?

RAFAEL: ya, entonces lo que deberíamos hacer con el Ingeniero Carlos es idear un sistema en callejones para garantizar la Seguridad Alimentaria.

ANDRES: no creo que esta situación se trate en un máster de cooperación. Aunque yo, como no he hecho ninguno, no lo puedo asegurar al 100 %.

EDWIN: ¿y ustedes no me pueden ayudar con el pienso? Yo es que no sé si abandonar el Proyecto, porque no le veo el desarrollo a los chanchos.

      Edwin era uno de los campesinos que formaban parte del Proyecto. Se les ofrecía apoyo y asesoramiento técnico, así como los medios necesarios para sacar adelante su finca. Él no entendía de seguridad ni de soberanía ni de cooperación. Solo entendía de hambre…

  ANDRES: ¡pero estos chanchos están enfermos, tienen quemaduras en la piel!

EDWIN: el matamaleza, el matamaleza…

ANDRES: ¿llega también a Ecuador el matamaleza?

RAFAEL: ¡claro! El glifosato no entiende de fronteras…

CARLOS: ¡que no es sólo glifosato!

      Andrés recordó entonces el día en que visitaron el Proyecto unos campesinos de la Hormiga, en el Putumayo colombiano. Venían a aprender del modelo educativo y de desarrollo que se estaba poniendo en marcha en Sucumbíos.Traían fotos de las fumigaciones del Plan Colombia en las que se podían observar sus tierras totalmente arrasadas.

02.PlanColombia     04.PlanColombia

     Le vinieron a la memoria también los dibujos realizados por niños de 9 años en General Farfán, en la frontera. Dibujos de aviones fumigando, de metralletas, de disparos, de bombardeos, de contaminación petrolera, de soldados gritando  “¡moriréis todos!”, de campesinos que exclamaban “¡huyamos o si no moriremos!”.

01.PlanColombia  03.PlanColombia

Andrés así mismo recordó el encuentro con Jesús, responsable de Derechos Humanos de la Misión. Él fue quien le puso los puntos sobre las “íes”.

ANDRES: hola Jesús, ¿qué tal? Me llamo Andrés, Andrés Caramelo, para servirle.

JESÚS: ¿Andrés Calamaro? ¿Cómo el cantante?

ANDRES: ¡no no! Andrés Caramelo…algunos dicen que soy muy dulce, je je.

JESUS: ¡¡ahhh, ja ja!! Bueno, a mí comparan con el Mesías, así que no te preocupes.

ANDRES: si, la verdad es que los dos damos el pego, por las pintas. Yo con mis greñas y mis aretes en las orejas, tú con tu frente despejada y pelo largo por detrás y la barba densa y tupida.

JESUS: bueno, son estereotipos.

ANDRES: sí que lo son, sí…

(Andrés adopta una pose altiva, como un ninja cuya mejor defensa es el ataque, es de esos tipos que siempre tienen que decir la última palabra…)

     A primera vista uno de los personajes más íntegros de la Misión, Jesús le contó a Andrés todo lo que quería saber. Las fumigaciones del Plan Colombia no eran solamente para acabar con la coca, ya que se fumigan casas, esteros, fincas enteras…como una estrategia para echar a los campesinos, ya que en el Putumayo colombiano hay los mismos recursos naturales (petróleo, gas, agua, madera) que existen en Sucumbíos y, además, están sin explotar. Las compañías explotadoras no pueden entrar, debido al enfrentamiento entre militares, paramilitares, guerrilla….

    Esta información fue contrastada con el testimonio de otro personaje importante de la ONU, muy preocupado por salvaguardar su identidad. Según esa persona, toda esta problemática de conflictos entre grupos armados, más que un interés político o ideológico, guarda un trasfondo: es una lucha por el poder en el negocio de la coca.

    Caminando por la finca “Jesús del Gran Poder”, maravillado por los paisajes amazónicos, los verdes y azules de intensidades extremas, Andrés se preguntaba si realmente el ser humano era digno de aquel regalo de la Naturaleza. Pensó entonces en los conceptos tan utilizados actualmente: ¿Soberanía alimentaria? ¿Cuál era el significado de estas palabras? El “hombre blanco” se había considerado soberano de aquellas tierras desde hacía 40 años, en una colonización impulsada desde el consumismo petrolero. Aquellas tierras habían permanecido vírgenes, las nacionalidades indígenas habían convivido en equilibrio hasta entonces con la Naturaleza. El famoso Desarrollo Sostenible, tan de moda ahora, era un concepto que no existía…simplemente se aplicaba. La Soberanía Alimentaria existía sin tener nombre, porque era la única manera de hacer las cosas, cada pueblo consumía lo que producía.

      Andrés estaba impresionado y eso que todavía no había empezado a investigar en profundidad la problemática de la contaminación petrolera. Durante más de 25 años de extracción, Chevron – Texaco dañó severamente al ambiente y a las personas, derramando al ambiente 63 millones de litros de petróleo y 70000 millones de litros de aguas tóxicas (agua de formación, con metales pesados). Como resultado, en la zona  la principal causa de muerte es el cáncer en un 32% del total de muertes, 3 veces más que la media nacional de muertes por cáncer (12%) de Ecuador.

       Solo la codicia y el ritmo de vida acelerado de la sociedad occidental eran los responsables de los cambios en los patrones de conducta y en los modos de vida de los habitantes de Sucumbíos. Tal vez era momento de volver a su tierra y empezar a contar lo que estaba pasando en la Amazonía Ecuatoriana.

          Andrés recapitulaba: parecía como si ponerle nombres a las cosas fuera un signo de alerta, darle permiso para existir a algo que jamás debería haber existido. En ese momento, Andrés Caramelo lanzó al aire un juramento:  “¿Soberanía o Seguridad? ¿Desarrollo? ¿Sostenibilidad? Sólo hay una cosa que tengo clara y quiero gritarla bien alto: ¡Me cago en el hambre!”

1. Minga: reunión esporádica de trabajo comunitario, muy común en Sudamérica
2. Plata: dinero
3. Platicar: conversar
4. Chanchos: cerdos
5. “Siga no más”: “vamos”
6. Empalizar: colocar un árbol a continuación del otro, paso previo al volcado de gravilla, de este modo se sostiene la carretera sobre los terrenos pantanosos de la Amazonía

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